Mazda: una historia muy familiar

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Deambulando sin rumbo por la Feria de Coches de Los Ángeles me topé de súbito con Nagare, prototipo de Mazda en exhibición. Coche quimérico pero extrañamente natural, me recordó mi primer coche propio: un viejo Mazda Cosmo, regalo de mi abuelo. Cosmo era un deportivo con motor rotatorio que le abrió a Mazda las puertas de América.

En mi familia, Mazda ha sido una tradición desde que mi abuelo se fue a Tokio con su novia hawaiana poco antes de la guerra. Allí tuvo un Mazda-Go del 31, el primer modelo de la compañía. Era una moto triciclo con maletero trasero para cargas ligeras.

A su regreso del Japón, el abuelo volvió a Mazda en cuanto pudo: Cosmo, Rotary Pickup, RX-7. La pasión transitó a mi padre, que se dormía de niño con los cuentos de Toyo Cork Kogyo, nombre de la fábrica hasta bien entrados los años ochenta.

En esa década mi padre se hizo de un Mazda GLC, rotundo éxito de ventas en Estados Unidos y Japón, donde superó incluso al Toyota Corolla. Daba sus primeros frutos la colaboración de Mazda con Ford, que había adquirido un cuarto de las acciones de la compañía japonesa.

Luego vinieron años muy difíciles. La muerte del abuelo, las pérdidas patrimoniales por el terremoto y mi terrible accidente. Volqué en una curva tratando de detener el Mazda Cosmo sin frenos, a exceso de velocidad. Por suerte iba solo, pero casi pierdo la vida.

Cuando me decidí a comprar otro coche, no iba pensando en Mazda. Para colmo, la firma pasaba por una crisis muy profunda, diluida entre nuevos nombres y logotipos cambiantes. Nadie compraba Mazda en los noventa, y yo no fui la excepción.

Un empleado de Mazda se me acercó amablemente, viendo que llevaba absorto varios minutos frente al prototipo Nagare. Estuvimos hablando. Me enteré que desde hace unos años la compañía ha recuperado el terreno perdido. Los nuevos modelos han vendido más que Mitsubishi, su viejo rival. Especialmente el Mazda 3, de quien se alcanzó la cifra de 1 millón de unidades en el 2006.

Curiosa coincidencia, pensé. También las cosas han mejorado mucho para mí últimamente. Los negocios se recuperaron del desastre, mis hijos me enorgullecen, el matrimonio toma un segundo aire. Entonces, recordando que ya era tiempo de cambiar de coche, le pregunté al empleado dónde podía comprar uno de esos modelos Mazda de que me hablaba.

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